9.29.2011

Ollas a presión, lámparas de petróleo y mandos a distancia




LLEGÓ EL CONTROL


   Por la estrecha calleja de los Nogales, un hombre de rostro místico con mil colgandejos se paseaba bajo una fina llovizna de septiembre. “Llegó el control” –anunciaba con un megáfono-, “llegó el control.” Miraba a las ventanas de ambos lados de la calle y repetía su pregón con el megáfono. “Samsung, LG, jWin, Sony, Daewoo.” Un niño que se hurgaba la nariz lo seguía por sin hacer ruido. “Sankey, Toshiba, Panasonic, Hitachi.” No había perros en aquella cuadra y eso era una bendición para el hombre del megáfono, suficiente había tenido con la carretera empinada que lo había separado de la autopista Panamericana. Su camisa estaba mojada de sudor y lluvia, seguramente no habría soportado los ladridos agudos de un perro faldero insolente y le habría arrojado uno de sus controles, cancelando toda oportunidad de comercio en esa calle. “Llegaron los controles para el televisor - para DVD los controles - para el equipo los controles – llegaron los controles para el televisor – llegaron los controles para el televisor.” Su negocio era la hipnosis, el volumen y la entonación de su mantra hacía que eventualmente las amas de casa salieran por las ventanas como cobras en una canasta persa. Ellas veían sus limpios controles llenos de botones brillantes y alineados y suspiraban por el cacharro que reposaba en el sofá: desvencijado y vendado con cinta transparente.

- ¡Ea! ¡Buen hombre!
- Llegaron los cont –el llamado desde la ventana en la casa mostaza había sido claro y una mujer joven y gorda le hacía gestos amigables.

   Se acercó a la casa y a modo de saludo recitó “Sony, LG, JVC, Panasonic, Kendo.” Ella suspiró y entornó los ojos. La luna de plata que llevaba el negociante en la cadena de su cuello brilló entre camisa y piel despertando en él el llamado de los sueños.

   En tanto la mujer bajaba al primer piso para transar con el vendedor, él se llevó la mano al pecho y respiró agitado, cerró los ojos con fuerza y se vio sentado frente a su padre en el cuartucho donde pasó su niñez. Era tarde y a la luz de una vela su padre brillaba las tapas para ollas a presión que reparaba puerta a puerta. Él lo miraba desde la cama y lo escuchaba cuando hablaba. “Una vez la olla a presión necesita un empaque nuevo, un pito distinto, o una manilla plástica, ha entrado en su eterno ciclo de reparaciones. Ya no es lo que fue cuando se compró con dinero e ilusiones. En lo sucesivo será un remiendo de lo que fue, y el vendedor de repuestos tiene que saber esto, aprender y recordar. En qué barrio hay ollas viejas que los vecinos no pueden reemplazar, dónde curan los síntomas del enfermo pero nunca extirpan la raíz del mal, cuál ama de casa ignora todo y pagará por unos minutos de sentido común. Yo les vendo la ilusión de que su aparato volverá a funcionar como nuevo, y se los digo con renovado entusiasmo cada vez que los visito; y recuerdo siempre quiénes son mis clientes más fieles, quiénes se han vuelto adictos a la ilusión de la calidad sin inversión real. Me siento a arreglar una tapa de olla en su puerta abierta y ellos dejan que entre la ilusión.”

   Los tiempos habían cambiado. La luz de la vela había sido reemplazada por la luz eléctrica y el bruñir de las tapas se había convertido en el soldar de los circuitos. En las noches, su habitación subterránea se llenaba del humo que producía la pomada cuando el hombre metía el cautín caliente en ella, y todo olía a naranjal incendiado. Quería que las cosas funcionaran bien, pero no iba a perder una noche de sueño por dos o tres mil pesos. Se acostaba cansado después de mucho peregrinar y para dormirse rápido recitaba los nombres de los barrios que había visitado ese día “Cumbre, Minitas, Sultana, Alta Suiza, Milán, Camelia, Palermo, Fátima, Aguacate, Malhabar, Aranjuez, cruzó La Playita, tomó el bus, Nogales, Bosque, Pichinga…  Chipre… Villa… Pilar… …” Y entonces soñaba con pueblos en el desierto, bazares improvisados donde él se paseaba con zapatos puntudos y una colección de lámparas de petróleo colgando de su cuello. Tenía la barba blanca y cerrada que siempre había deseado y la luna de plata que había encontrado entre las cosas de su padre al morir decoraba un turbante magnífico como joya de su corona. En un bulevar estrecho una mujer le pide dar lustre a una lámpara vieja y él, lleno de ambición al conocer el secreto del objeto que la dueña no sabe, le ofrece cambiarla por una nueva, más lustrosa, y con una botella de petróleo que él generosamente le obsequiará por ser un día radiante en el mercado. Ella se sonroja y acepta, él le sonríe y acaricia su luna de plata mientras mete aquel trasto en su mochila de lona. Con este trueque y sin mejores ventas se aleja del bazar y se mete a un oasis cercano donde los adolescentes van a probar por primera vez las mieles del amor. Él se arrodilla entre palmeras ignorando los amantes adyacentes y desembolsa la lámpara de la mujer, la frota con la manga de su mejor camisa y una humareda azulosa emerge de la lámpara hasta envolverlo por completo y en ella una voz truena como lejana en su oído ‘dime todos tus deseos.’ Y él se echa en la arena y empieza a hablar de la venganza de sus padres muertos por los bereberes, la reconquista de aquella amada robada por un emir que le dio horrenda cicatriz en la cara, el reino de una ínsula que lo haría olvidarse para siempre de las lámparas y los bazares. La voz de la humareda le dice ‘ahora conozco tus deseos’ y se desvanece a la vez que el comerciante de controles despierta sin ningún deseo concedido.

   La señora abrió la puerta de la casa para encontrar al vendedor soltando un dije que no podía ver e incorporándose con una sonrisa entre cansada y profesional. Diciendo ‘buenas’ como saludo protocolario, ella le estiró un control remoto destrozado que revelaba en la casa la existencia de un perro grande. Él lo miró con interés de tahúr, murmuró “Panasonic,” y enfundó el control en una mochila de lona que acostumbraba llevar. Buscó entre los racimos de controles que tenía y extrajo uno parecido, con letras muy blancas mal estampadas y le dijo que este funcionaría mejor que el otro. “Este es más rápido y tiene nuevas funciones que usted descubrirá en la compañía de su televisor; es decir…” Un latido enorme lo interrumpió. Un pálpito que no venía de su corazón, sino de su mochila. Uno que retumbó y todos los televisores del barrio cambiaron espontáneamente de canal a uno de evangelistas. El comerciante tembló con la anticipación que trae la similitud entre los sueños y la vigilia, ella le preguntó cuánto dinero le debía por el nuevo control y él dijo distraído “dos o tres mil pesos.” Ella le entregó dos mil pesos y cerró la puerta antes de que el comerciante se diera cuenta del trato que había hecho. Pero el negociante no estaba allí, estaba en su mochila y en el bulevar angosto de su sueño buscando un oasis cercano para ocultarse.

   Transitó las escaleras y corredores que rodean las casas de Nogales y subió a la carretera trasera, la que es intransitable para carros porque el pavimento está levantado gracias a un nacimiento de agua. Encontró un alto matorral que la ciudad nunca se preocupaba por desyerbar. Se adentró donde los indigentes prueban por enésima vez las hieles del onanismo, se agachó y desembolsó el control de la mujer. Aquel pálpito aún lo recorría, el afán era mucho, frotó el control y nada ocurrió. Lo frotó nuevamente y nada ocurrió. Presionó ‘POWER’ y nada ocurrió. Escuchó el jadeo desagradable de un indigente viejo manoseándose. Pensó en el sueño y las arenas que a veces se colaban en las brisas del bazar, y salió del rastrojo acariciando la luna de plata en su pecho y con sus deseos intactos, ni concedidos ni consultados.



FEDERICO AC.
29.09.2KX1

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