9.27.2011

Hipocondria, yoga y cirugía plástica en el aeropuerto.




LA INSTRUCTORA DESTRUCTORA
(Danza incontinente)


   Sin contemplaciones por la desoladora condición de campeón en los duelos, una instructora de yoga y una hipocondriaca se encontraron en el aeropuerto.

   Las nubes parecían lana estirada y los vidrios ahumados le robaban al cielo su cortejo de susurros. La instructora tenía gafas oscuras y estaba de pie muy quieta, sin balancear su mochila y sin ensortijar mechones de su melena negra. Estaba plantada frente  a la ventana viendo los nubarrones desenmarañados y la pista caliente, reverberando.

   La hipocondriaca venía en el carro de su esposo, bien asegurada con el cinturón y tecleando mensajes en su moderno teléfono. A los lados del carro se ofrecía como un manjar el paisaje montañoso de infinita gradación. Los árboles, tan nítidos en la cercanía, parecían copos de esponja marina en la distancia. En la pantalla de su teléfono las tipografías estandarizadas y adobadas con ocasionales caricaturas de emoción le hablaban sin pasión. Su esposo acariciaba con sus pies los pedales de su automóvil, esta máquina orgullosa y viril que cruzaba briosa la Creación del Señor para despachar a su mujer en el aeropuerto.

   Las empleadas tras los mostradores realizaban la danza de la ineficiencia y los policías con perros amaestrados se aseguraban que nadie escapara de la pista de baile. Había una pequeña capilla donde un feligrés avergonzado batía las palmas sin hacer ruido para no despertar sospechas sobre la intensidad de su fe. Las maletas posaban seductoras echadas en la cinta transportadora como modelos perezosas en una pasarela junto al mar. Las baldosas gemían sin brillos y los baños rebuznaban publicidad en sus paredes. En el mirador los paisanos se abrazaban y entre sollozos envidaban a los que se iban. Había credenciales y amuletos, piratas y embaucadores, motonetas y camellos, pseudo-intelectuales, beduinos e instructores de yoga.

   Una gastritis con tendencias al escalofrío había sido la norma aquel día para la instructora; la hipocondriaca reportaba que la humedad relativa de la noche anterior se había alojado en sus rodillas causándole gran desasosiego. Mientras tanto, decenas de dolores de cabeza y un ejército de pequeñas molestias e incomodidades tomaban posiciones de combate en los organismos del aeropuerto. Frente a un tocador diminuto, una azafata paliducha examinaba con horror un lunar junto a su pezón izquierdo que podía ser cáncer. La hipocondriaca se puso índice y corazón al cuello para revisar su ritmo cardiaco. Un piloto cuarentón acusaba una dolencia espasmódica en sus testículos después de una noche afortunada; una madre nerviosa que esperaba a su hijo cambiaba el balance de su cuerpo para callar el acoso de sus piernas varicosas. La agente encargada de requisar a las mujeres en el puesto de seguridad de la sala de abordaje tenía la necesidad punzante de ir al baño y no podía excusarse; el niño que cargaba la mujer en la fila había hecho de su pañal y su ropa un desastre.

   Cuando el esposo parqueó el coche ambas lo miraron con desaprobación. Se apeó lentamente la enferma imaginaria y con un garrote imaginario le dio una garrotera imaginaria a su marido. Lo hacía todo el tiempo, y el marido sufría a ratos. Era un golfista seducido por la Bolsa que se ganaba su muy buena vida como doctor en cirugía estética.

   Un plástico, una hipocondriaca y una instructora de yoga.

   La maleta fue engullida por el aparato de rayos X y al ser excretada se había convertido en una canasta llena de flores. Al recibirla, la hipocondriaca pensó en los peligros del polen. El morral que llevaba el cirujano desentonaba con su traje italiano, y cuando se lo devolvieron los hombrecillos de seguridad, se había transformado en un arma semi-automática. Se la entregó un policía de rostro serio y aburrido que dio dos saltitos y salió corriendo. Otro agente soltó uno de los perros y el fugitivo fue derribado y mordisqueado por el pastor alemán. Los viajantes en las ventanas del aeropuerto aplaudieron con vigor siendo ignorados por la instructora de yoga, concentrada en la pista caliente y rehusándose a ensortijar mechones de su melena negra.

   Hipocondriaca y cirujano, ella armada con flores y él armado con arma, fueron al mostrador bailando suavemente, rebotando en sus rodillas con las manos sueltas y los ojos entrecerrados. La empleada de la aerolínea los recibió con tiquetes humeantes y calcomanías para sus maletas. ‘Las flores y el arma son equipaje de mano,’ dijo la hipocondriaca, los tres dieron una vuelta en sus puestos sobre un pie y se despidieron. La instructora de yoga volteó la cabeza y vio a la hipocondriaca de suéter y botas de gamuza azul celeste, flores en una canasta y su teléfono sostenido entre dedos largos y holgazanes. Vio al cirujano con su traje italiano negro y la brillante corbata roja contra el telón de su camisa blanca. Aún rebotaba en sus rodillas y sostenía el arma sin complicaciones por la culata, apoyada en el hombro.

   Sus auras eran gelatina gris hecha de hígados. Su energía interior no resplandecía ni se multiplicaba, sólo musitaba la estática monótona de un transformador averiado. Sus juguetes refulgían como sus dientes y el maquillaje de ambos avergonzaría a las revistas. ‘Son hijos de una ira perdida’ se dijo la instructora, ‘y andan a tientas entre los fastuosos almacenes del espíritu, sin una divisa para intercambiar y, lo que es peor, sin encontrar algo que desear. Esta es para ellos la imagen pura de la desesperanza.’

   La hipocondriaca y el cirujano miraron por primera vez a la instructora de yoga y sin parpadear encontraron los síntomas de aquella locura tan particular que termina por dejar a sus náufragos en la orilla de esta cordura ascética y más impositiva con la alegría que la misma maquinaria de entretenimiento. La felicidad sin estímulos constituye una amenaza incontestable para el capítulo de la humanidad del que fueron recortados el cirujano y la hipocondriaca. La instructora se quitó las gafas oscuras como quien se descalza antes de entrar a ciertas casas, y en el rímel descontrolado de unos preciosos ojos castaños vieron los restos de los excesos, lo inocultable de lo aprendido, la calmada sabiduría de la perdición y la propensión a estallar de repente en una galaxia de disculpas y buenas intenciones.
 
   En la canasta de la hipocondriaca había girasoles y margaritas, en el arma del cirujano había balas reales y salvas. A la espalda de la instructora de yoga había una espada de varas de bambú atadas en torno a un horcón y usada para la práctica del Kempo. Desde el restaurante alguien se asomó y gritó una incoherencia en francés. El cirujano bajó el arma de su hombro, la hipocondriaca alzó la canasta de flores y la instructora desenvainó su espada.

   La hipocondriaca giró sobre un pie con la canasta en alto, el cirujano y la instructora la imitaron. El marido terminó su giro con el arma apuntando al frente a la altura de su pecho y la instructora se agachó con un giro más y estiró la espada en su vuelta derribando a la hipocondriaca. Una pequeña jauría de perros amaestrados corrió al lugar para olisquear el cuerpo caído pero el cirujano hizo un par de disparos y los perros de dispersaron; los viajantes no notaron los tiros y los agentes de policía se habían agolpado en la puerta del baño de las mujeres vitoreando y sacudiendo puñados de dinero. La hipocondriaca se incorporó y recogió su canasta de flores, el cirujano se ofreció a disparar a la instructora –de pie ya- pero su oferta fue rechazada.

   La instructora procedió a ilustrar con una coreografía de complicadas posiciones que ellos necesitaban renunciar a las tinieblas del consumismo y marchar hacia la claridad que brinda la renunciación desinteresada. Él respondió con dos disparos más que la instructora no recibió por suerte. La hipocondriaca hizo con sus flores coronas para los tres y entre saltos emocionados las posó en las cabezas de su marido y la instructora.

   Cuando el avión aterrizó, la instructora mordía la corbata del cirujano y él sostenía en sus brazos a la hipocondriaca que besaba apasionadamente su muñeca izquierda y decoraba sus hombros con charreteras de pétalos y condecoraciones de estambre.

   Un embolador que pasaba por allí se ofreció a lustrar sus zapatos y aleccionarlos en el arte de la danza aeroportuaria para grupos étnico-sociales divididos por las limitaciones y licencias de la dieta. El cirujano descargó a la hipocondriaca y se alistó para dispararle al lustrabotas, pero la instructora lo miró con sus ojos de rímel descontrolado y conmovió su corazón, él soltó el arma y recibió la espada de Kempo. Sin despegar su mirada enamorada de él, la instructora removió el proveedor del arma y aflojó bala por bala las municiones, las reales y las salvas, hasta que todos los proyectiles estuvieron en su mano, parpadeó absorbiendo el rayo benéfico de la visión de ese golfista seducido por la Bolsa que se ganaba la vida como doctor en cirugía estética, puso las balas en su boca y se las tragó con un suspiro de auténtica pasión juvenil por aquel marido plástico y ajeno, tomó la espada de Kempo de su mano con amor, dio un giro, se agachó y lo derribó. Vinieron los perros. Lo olfatearon.

   La hipocondriaca se acercó a la instructora y tocó su mano, ambas giraron haciendo pequeñas patadas a los costados con gracia bucólica en tanto el marido las miraba antojado e impotente, sosteniendo en sus manos un arma vacía. Ellas se sonrieron y entrelazaron brazos para girar con pequeños botes; la hipocondriaca temió de repente lastimarse un tobillo y la instructora empujó el pie de la hipocondriaca en el aire. La casi enfermiza cayó de mala forma y se fracturó la cadera. Dando un par de zancadas hacia la agresora, el cirujano tropezó con una espada de Kempo y cayó sonoramente sobre su afligida esposa.

   Reflexionó con los caídos, se arrodilló frente a ellos brevemente, tomó su espada de Kempo y con un movimiento de dedos que perseguían su mirada juguetona de bailarina india, la instructora les confesó que las posesiones de la bondad en los cuerpos imperfectos son una manifestación aleatoria del absurdo universal que rige la vida de los hombres y las mujeres en un plano compartido. Exhaló, se levantó y entró a la sala de abordaje. 

   Cuando llegó la ambulancia a socorrer a una mujer asustada que rogaba a Dios nada grave le hubiera ocurrido, la instructora se enfilaba para abordar el avión. Miró a través de los vidrios ahumados del aeropuerto y creyó distinguir los ojos del cirujano, le sonrió con un guiño de rímel descontrolado y arrancó a correr por la pista caliente blandiendo su espada de Kempo, alejándose entre los ladridos distantes de los perros amaestrados.



FEDERICO AC.
27.09.2KX1

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