4.29.2011

Sobre la clase dirigente de Manizales y un desamor muy grande



EN UNA MANSIÓN DE LA CIUDAD

“…No merece poco quien cree esto:
Que los muertos se hacen pequeños dioses.”

François Villon

I

Los dolores del amor alimentan la marcha del dolido
Y señalan destinos inciertos para quien se preocupa sólo por el olvido.
Toda consideración de razón, mesura y verdad
Escapa el arco que la flecha dibuja cuando la dispara un desesperado;
Si en sus caminatas se extravía por los recovecos de su ciudad,
¿Quién ha de señalar culpa en el que emprende la huida de aquello que lleva incrustado?

Así, perdido y amilanado,
Vagaba yo cierta noche de abril
Por barrios de mucha pompa y mucho enfado,
Lejos del centro y su bullicio pueril.
Revolviendo en mis pensamientos
Los achaques del amor con las nuevas que el mundo informa bullicioso,
A la vez veía los mechones de la doncella confundirse con las injusticias de los poderosos.
Sus sonrisas en mi cama con el hambre protestando frente al cuartel,
Y los juegos de la pasión con la farándula cegando al hombre con su destello de oropel.

Llegados mis pasos,
Hartos de hastío y enfermos de andar en redondel,
Hasta una casa de mucha ventana y capitel,
Donde me detuve con aliento muerto y de tanto temblar la piel hecha pedazos.
El frío del chaparrón y sus lágrimas de cielo se atoraban en mi pecho
Con los suspiros de ruptura ahogando el corazón que extraña cierto lecho.

En mi mente embotada aún trinaban sus palabras y su voz enamorada,
Busqué resguardo en el alar de la morada
Mientras de mis ropas escurría el testimonio de un vendaval.
El fulgor de su risa empezó a perderse en el estertor del temporal,
Y no fue reflejo de llovizna ni espejismo invernal
Cuando vi que había agua saliendo bajo la puerta,
Inundando la protección que me ofrecía el umbral.

II

Extrañeza de la locura, abandono del desamor,
Quise investigar de cerca esta rareza y pronto me repelió del líquido su fuerte olor.
Por qué en esta calle de privilegios habría de chorrear tal hedor,
y por qué sale de la casa para asfixiar la raíz de mi dolor.

La puerta, madera blanca y cerradura de limpio candor,
Estaba fría como mi alma y su vapor,
Me apoyé en su solidez como quien encuentra un confidente
Y sus bisagras giraron como la mueca de un lobo sonriente.
Me aparté del fenómeno para estudiarlo mejor,
La oscuridad que veía era sorda e inmundo el aroma que se olía en el corredor.

Las penas del amor y sus gritos dejaron de medrar,
Un nuevo miedo maquillado de aventura me devolvió bajo el alar.
Los vecinos se ocultaban de la tormenta y su rugido,
Mas al interior de la casa se me antojaba distinguir el rumor de un aullido.

Respiré cual si me dispusiera a un nuevo romance
Escuchando el pegajoso chapoteo de mis pasos entré al corredor.
Nada aconsejaba o detenía mi avance,
Pero como el corazón, la curiosidad también tiene espíritu de cazador.

La puerta de madera se cerró con mi marcha,
El reguero de inmundicia me invitaba a una sala,
La estancia era una penumbra similar a la que abrigan los párpados:
Tan voraz como la ventisca de los Cárpatos,
Tan obtusa como el cuervo de pluma rala,
Tan distinta a la noche como el hielo y la escarcha.

Palpitaba mi imprudencia con ritmos delatores,
A fuerza de negrura hice luz con fantasía
Prescindiendo sin arrogancia de interruptores.
La casa abandonada se revelaba sin invasores,
En las mesas aún se adivinaban fotografías
Con figuras que reconocer no precisaba investigadores.

III

Aquí vivía un jeque, el otrora alcalde,
Destituido y avergonzado haría menos de tres lunas.
Sobre su corrupción toda excusa es en balde:
Él compró votos e hizo su trono con las urnas.
Sepultado en los noticieros por los destrozos de las lluvias
Recibió indulgencias del ignorante pueblo,
Se rumoraba que partió con su familia para salvar su alcurnia
Y sólo las arcas de la región le guardan riguroso duelo.

La desesperanza del despecho guiaba mi expedición,
En esta olorosa mansión de ignominia decidí buscar algún tesoro,
Pues empobrecido de puro sentimiento el corazón,
Bien le caería a mi raído bolsillo algo de oro.
Entonces de nuevo el rumor del aullido se dejó escuchar
Y una silueta de maligna forma pude entrever,
Su reflejo siniestro me miró en desde un rico samovar
Que ratas gordas y flojas tenían bajo su poder.

Oí pasos entre la inmundicia pegajosa que escondía los míos,
El aleteo de las cortinas sucias revelaba habitaciones como desafíos.
Desde una al final del atrio brillaba mortecina la llama de un velón
Y empecé a acercarme en busca de vida entre la muerte que se respiraba en aquella mansión.
Ambiciones raudas inundaban la sequía espontánea de mi sinrazón,
Ahora amor, ahora oro, ahora refugio para la desazón.
La caricia cálida cuya ausencia empuja a los hombres a saltar al vacío,
Creía yo, me esperaba en esta casa, al final de un pútrido río.

IV

Y la pálida luz de una mísera vela sí flotaba en una estancia
Como un espectro de galaxia retorciendo la cordura,
En las paredes había ojos de reptiles que vaticinaban la locura,
Y oraciones de una fe que seca el espíritu y el alma rancia.
Mi horror creció robando la plaza del amor perdido,
Me encontré anhelando de la tormenta su rugido,
El abrazo familiar de la lluvia destructora
Y de los rayos su luz titilante y benefactora.

Sin moverme admiré la zarabanda degenerada en la mansión del alcalde;
Miedo, intriga, tontería y descorazonamiento cabalgando.
Entre la porquería maloliente mis pies obedeciendo más que mandando
Tomé la vela cuya llamita endeble aún hoy siento que en mi mano arde.
La tinta de ojos y oraciones en las paredes me resulto conocida
Pues surca mis venas llenándome de vida,
Y sentí lástima por mi malograda suerte
Que aquella noche de tempestad me arrojó a tal casa de abandono y muerte.

Una puerta en la habitación chirrió como el lecho de una amada
Y recordando mejores veladas giré con tonto entusiasmo.
La madera, de lo podrida, se encontraba verdosa y ajada
Y una peste aún más repelente dejó mi débil ser en un breve marasmo.
Haciendo coraje de necedad,
Y metido ya en la profundidad de la aventura,
Caminé hacia una nueva dimensión de obscenidad
Diciéndome que para mi lío de amores un buen susto puede ser la cura.

V

¡Insensato! ¡La bobería ha sido siempre el combustible de la desventura!
¿Cómo repararle a mi espíritu la dolencia ocasionada por aquel descubrimiento?
¿Qué lenguaje he de usar para comunicar lo arrepentido que aún me siento?
¡Para olvidar todo lo ocurrido solamente la muerte es ruta segura!
Agazapado en la penumbra encontré al desastrado alcalde en compañía de su esposa,
Ojos inyectados de sangre y garras contranaturales colgaban de los brazos del dirigente,
Colmillos mutantes de evoluciones perdidas engastados en osamenta ruinosa
Y restos de ropa en la habitación atestiguando que el festín había sido algún pariente.

Misericordia es el olvido, droga que nos hace ricos cuanto más nos quita.
Yo, miserable entre los desgraciados, recuerdo bufidos, gruñidos, chillidos y la peste.
La vela cayó en la podredumbre de órganos y promesas rotas del burgomaestre,
Corrí como pude a través de la mansión para socorrerme de aquella perversión inaudita.
La puerta de madera blanca y cerradura de limpio candor me esperaba entreabierta,
Y atendí su cortesía con un portazo en mi escape para hallarme en la calle,
Miré con espanto la casa, pero nadie ni nada me siguió en el fragor de la tormenta
Y aún agitado recordé que hasta aquí me trajo la memoria de mi amada y su precioso talle.

Anduve otra vez, dando tumbos, por calles angostas en plena lluvia sin piedad.
Ideas revueltas de achaques de amor y noticias del mundo y mi edad.
Y ahora, añadido, el horror de la mansión del alcalde donde la corrupción no tiene límites,
Donde la sangre, la peste y un rito extraño suceden –espero yo- sin símiles.

De quien amé he escuchado poco, supongo que otras cortes adornan su belleza.
Del mundo entiendo que sigue girando como lo ha hecho siempre sin apuntador.
De tierras cercanas las trivialidades se me antojan terribles y llenas de vileza,
Porque sospechas de corrupción e infamia rondan la casa del gobernador.


FEDERICO AC.
29.04.2KX1

0 comentarios: